La novela está ambientada en Victorica, en la provincia de La Pampa, Argentina, en el año 2197. Tras décadas de inacción climática, los últimos glaciares antárticos han desaparecido, desencadenando un cambio drástico en el paisaje. La tierra, antes árida y desértica, se ha transformado en un Caribe Pampeano, una zona de exuberante humedad y calor, producto del aumento del nivel del mar y de las alteraciones en los patrones climáticos. Esta catástrofe ha provocado la extinción de numerosas especies y ha generado una profunda crisis socioambiental, afectando la vida de las pocas comunidades que quedan.
En este nuevo y hostil entorno, encontramos al protagonista, conocido como el «niño dengue». Este joven, a pesar de su nombre, es portador de un virus que lo ha transformado en un ser humanoide con características de mosquito. Su apariencia, ya de por sí perturbadora, lo convierte en el blanco de burlas y del miedo de sus compañeros de clase, liderados por el tirano «el Dulce» y su hermano. El niño dengue es marginado y aislado, víctima de la desconfianza y el rechazo social. Su existencia es una metáfora poderosa sobre la intolerancia y la discriminación, pero también sobre la vulnerabilidad de la humanidad frente a lo desconocido.
El núcleo de la trama gira en torno a unas piedras telepáticas, descubiertas en las ruinas del deshielo. Estas piedras, de gran poder, parecen recuperar la sabiduría de la infancia del mundo, un mundo anterior a la crisis climática, un mundo de conexión con la naturaleza y de armonía entre la humanidad y el medio ambiente. La habilidad de estas piedras para transmitir pensamiento y emociones ha convertido a «el Dulce» y a su hermano en peligrosos contrabandistas, que las intercambian por dinero y poder. La lucha por el control de estas piedras es una de las principales fuentes de conflicto en la novela, representando un intento desesperado de restaurar el equilibrio, aunque de una manera equivocada y con consecuencias devastadoras.
La vida de «el niño dengue» se ve entrelazada con la de Aurora Venturini, una joven que se dedica a documentar las consecuencias de la crisis en la región. Aurora, que utiliza un antiguo y poco fiable dispositivo de comunicación para transmitir sus hallazgos, se convierte en una figura clave al comprender la verdadera naturaleza de la amenaza que representa el Dulce y su hermano. Su trabajo y su cercanía con el «niño dengue» ofrecen un rayo de esperanza en un mundo consumido por la desesperación y la distrust. La relación entre ellos, basada en la empatía y el entendimiento mutuo, representa un intentar de redención y una oportunidad para construir un futuro diferente.
La novela explora a través de la historia de «el niño dengue» y Aurora las dinámicas de poder y control que dominan la sociedad de este futuro distópico. La figura del Dulce, un tirano despiadado y obsesionado con el poder, se erige como un símbolo de la corrupción y de la falta de responsabilidad que impulsaron la catástrofe. Sus métodos brutales y su desprecio por la vida humana lo convierten en un antagonista implacable, pero también en un reflejo de nuestra propia irresponsabilidad como sociedad. La novela critica sin tapujos la estructura de poder y la deshumanización que condujeron al colapso del mundo.
La trama se complica con la creciente necesidad de preservar las piedras telepáticas. A medida que las entregas de piedras se reducen, el conflicto entre las facciones en lucha por el control se intensifica. El «inmundo mundo» descripto por Aurora al inicio de la novela, donde existía un equilibrio frágil entre la humanidad y la naturaleza, se ve amenazado por la codicia, la desesperación y la falta de visión a largo plazo. La novela no solo es una advertencia sobre los peligros del cambio climático, sino también sobre la necesidad de construir sociedades más justas, equitativas y sostenibles.
Opinión Crítica de La Infancia del Mundo: Una Advertencia Necesaria y una Historia Emotiva
«La Infancia del Mundo» es una obra maestra del speculative fiction, combinando una visión distópica impactante con una narrativa emotiva y un desarrollo de personajes profundo. Nieva logra crear un mundo increíblemente creíble, con detalles sensoriales vívidos, que nos hacen sentirmos la humedad sofocante del Caribe Pampeano y la desesperación de sus habitantes. La novela no se limita a ser una advertencia sobre el cambio climático; es una reflexión sobre la condición humana, sobre nuestra relación con la naturaleza y sobre nuestras responsabilidades como guardianes del planeta.
La historia del «niño dengue» es particularmente conmovedora. Su transformación en un ser monstruoso, no es solo un efecto de la catástrofe climática, sino también una metáfora de la alienación y el rechazo que sufren aquellos que son diferentes. Nieva explora con sensibilidad la vulnerabilidad y la desesperación que sienten estos personajes, mostrando que, incluso en un mundo apocalíptico, la humanidad sigue existiendo. La relación entre el niño dengue y Aurora es el corazón de la novela y su representación de la empatía y la comprensión mutua nos invita a reflexionar sobre nuestra propia responsabilidad para con el medio ambiente y con los demás.
Recomendación: «La Infancia del Mundo» es una lectura obligada para cualquiera que se interese en la ciencia ficción distópica, en la novela ecológica o en las historias que exploran temas sociales y ambientales. Aunque la trama puede resultar oscura y pesimista en algunos momentos, la belleza de la escritura de Nieva y la fuerza de sus personajes hacen que la lectura sea extraordinariamente impactante. Es una obra que nos invita a reflexionar sobre nuestro presente y a actuar antes de que nos encuentremos en un futuro tan desesperanzador como el que presenta en «La Infancia del Mundo”.


