«La Filosofía Náhuatl» de Miguel León-Portilla representa un hito fundamental en el estudio de la historia y la filosofía de México. Publicado por la
, traducida a menudo como “ser de arriba”, representa una fuerza creadora y trascendente que influye en el mundo terrenal, pero no se concibe como una entidad personal y antropomórfica como en el cristianismo. En cambio, la relación con el Ometéotl se construye a través de rituales y sacrificios, buscando mantener el equilibrio y la armonía.
Un aspecto central de la filosofía náhuatl es la idea de «Tlahtoani”, no solo como jefe político, sino como un intermediario entre los dioses y el pueblo. El Tlahtoani era responsable de mantener el orden cósmico y de asegurar la prosperidad de su comunidad. Este concepto refleja una visión de la sociedad organizada en torno a un equilibrio entre el mundo humano y el mundo divino. Además, la obra explora la compleja relación entre el ser humano y la naturaleza, donde se reconoce que ambos están interconectados y que se deben respetar y cuidar los recursos naturales. La «Xochiquetzal», deidad femenina asociada con la belleza, el amor y el crecimiento, ilustra la interconexión entre la vida y la fertilidad. El autor examina minuciosamente la importancia de los rituales y las ceremonias, que no eran solo expresiones religiosas, sino también mecanismos para mantener el equilibrio en el universo. La filosofía náhuatl, en esencia, se define por la búsqueda constante de esta armonía.
El trabajo de León-Portilla destaca la importancia de la reciprocidad en la cosmovisión náhuatl. No se trata solo de una práctica social, sino de un principio fundamental que rige la relación entre los individuos, las familias y la comunidad. La reciprocidad se manifiesta en la obligación de dar y recibir, de compartir y cuidar. Esto se refleja en la organización social, en la distribución de los alimentos y en los rituales religiosos. El concepto de «nemachtli» (dicha), se obtiene a través de acciones que beneficia a otros, creando un ciclo de intercambio y generosidad. Esta idea está profundamente arraigada en la ética náhuatl, contrastando con la individualidad y el consumo excesivo que, según el autor, se ven reflejadas en la sociedad colonial. León-Portilla enfatiza que el concepto de «tiempo» también era diferente, no lineal como en el pensamiento occidental, sino cíclico, ligado a los ciclos naturales y a los ritmos de la vida.
La obra también aborda la complejidad de la religión náhuatl, que no era una religión monoteísta como la cristiana, sino una religión politeísta, con una amplia gama de deidades que representaban diferentes aspectos de la naturaleza y de la vida humana. Estas deidades, lejos de ser entidades abstractas, eran consideradas como fuerzas naturales, y se les ofrecían sacrificios para apaciguarlas y obtener su favor. La observación cuidadosa de la naturaleza, la astronomía y el calendario eran fundamentales para comprender el funcionamiento del universo y para determinar los momentos propicios para realizar los rituales. León-Portilla explica cómo estas prácticas se integraban en una visión del mundo holística y armónica, donde el ser humano era considerado parte integrante del cosmos, y no un sujeto separado y aislado. Además, la obra nos revela la importancia de la música y la danza en la religión náhuatl, consideradas como medios para conectar con el mundo espiritual y para expresar la devoción a los dioses.
Opinión Crítica de La Filosofia Nahuatl: con crítica y recomendaciones.
«La Filosofía Náhuatl» de Miguel León-Portilla es, sin duda, una obra monumental y fundamental para comprender la historia y la cultura de México. El autor ha logrado, con una maestría inigualable, desenterrar un tesoro de conocimiento que había permanecido oculto durante siglos, y ha presentado esta información al público de una manera accesible y comprensible. Sin embargo, es importante reconocer que la obra no está exenta de ciertas críticas. Algunos críticos argumentan que León-Portilla, a veces, simplifica la complejidad de la cosmovisión náhuatl, presentándola a través de un prisma occidental, buscando puntos de comparación con la filosofía y la teología cristiana. Esta tendencia, aunque comprensible, puede llevar a una cierta interpretación sesgada de los textos originales.
A pesar de esta posible limitación, la obra sigue siendo un logro intelectual de enorme valor. La claridad y la meticulosidad del análisis, junto con la riqueza de las fuentes consultadas, hacen de «La Filosofía Náhuatl» un libro indispensable para cualquier persona interesada en la historia, la filosofía, la antropología o la cultura mexicana. Recomiendo encarecidamente esta lectura a aquellos que buscan una perspectiva diferente sobre la historia de México, una perspectiva que nos invita a cuestionar nuestras propias creencias y a valorar la diversidad cultural. Además, el libro es una excelente introducción al estudio de las civilizaciones prehispánicas de Mesoamérica, y puede servir como base para una mayor investigación en esta área. Sería valioso, quizá, complementar la lectura con otras obras que exploren la cosmovisión náhuatl desde una perspectiva más crítica y con mayor atención a los detalles de las fuentes originales, pero «La Filosofía Náhuatl» es un excelente punto de partida.
